lunes, 24 de agosto de 2009


Estimadas familias...
Queremos invitarlos el jueves
27 de agosto a las 18.30 hs.
a la actividad que realizaremos
en el marco del Proyecto Pedagógico Anual de Astronomía:
“ Buscadores de estrellas”
Ese día observaremos el cielo con binoculares
que tendrán que traer de casa.
La actividad será reprogramada en el caso
de no ser una noche climáticamente
apropiada para la observación.
Los esperamos,
Equipo docente y directivo

viernes, 19 de junio de 2009

Sabías que... El 21 de junio comienza el invierno


El invierno es una de las cuatro estaciones de las zonas templadas. La palabra invierno viene del latín hibernum. Esta estación se caracteriza por días más cortos, noches más largas y temperaturas más bajas. En las áreas más alejadas del ecuador, las temperaturas son más bajas, de la misma manera mientras más cerca más calor hace.

Astronómicamente, comienza con el solsticio de invierno alrededor del 21 de junio en el hemisferio sur y el 21 de diciembre en el hemisferio norte, termina con el equinoccio de primavera, alrededor del 21 de septiembre en el hemisferio sur y el 21 de marzo en el hemisferio norte.

lunes, 11 de mayo de 2009

Lavarse las manos salva vidas

Horacio López Para LA NACION

Lavarse las manos salva muchas vidas. Este es el mensaje que impulsa la Organización Mundial de la Salud (OMS) para que comprendamos la importancia y el impacto de esta simple acción.
Desde hace pocos días nos estamos informando acerca de la circulación en distintos países de un virus de la influenza potencialmente pandémico, el de la gripe porcina. Esto, naturalmente, preocupa a todos.
Además, como se trata de un nuevo virus, no hay vacuna -ni la habrá por algunos meses- que sea eficaz para protegernos de él.
Entonces, ¿qué podemos hacer además de preocuparnos?
La respuesta es ocuparnos, participando activamente en algunas medidas útiles de prevención.
Una de ellas es lavarnos las manos, acto que depende de cada uno de nosotros y que, además de ser esencial, podemos comenzar a hacerlo desde hoy.
Creo que es muy importante que en cada hogar antes y después de sentarse a la mesa a comer, después de estornudar, toser o sonarse la nariz, después de ir al baño y cuando las manos estén visiblemente sucias, los padres se laven las manos con agua y jabón y les enseñen a hacerlo a sus hijos.
Sería útil, además, que estimulen a los niños para que con sus compañeros y maestros hablen de ésta que hoy parece una "novedad", que aprendimos y veíamos hacer a nuestros mayores.
Por supuesto, es fundamental reiterar permanentemente este buen hábito, hasta que lo incorporemos definitivamente.
Lavarse las manos no sólo es una de las medidas más útiles para disminuir el riesgo de infectarse con éste y otros virus de la gripe, sino por cierto lo es también para otros microbios responsables de distintas enfermedades respiratorias, del aparato digestivo, etc.
Habrá que ver día a día cuál será la evolución de este problema. Pero desde hoy, para cuidar a nuestra familia, a la comunidad y a nosotros, lavarse las manos.
Esta, sí, es nuestra exclusiva responsabilidad.

El autor es titular de infectología de la Facultad de Medicina de la UBA

viernes, 8 de mayo de 2009

Regalo semanal

El misterio de los otros.
Por Mori Ponsowy

El otro día me pareció que mi hijo tenía una mirada triste. Comía en silencio, sumergido dentro de sí mismo, atento sólo a sus pensamientos de trece años. Me dio miedo sospechar que le pudiera estar pasando algo malo, algo difícil que no se atreviera a contarme. Estiré mi mano hasta acariciar la suya. "¿En qué estás pensando?", le pregunté. Traté de no sonar preocupada. El parpadeó, y dijo con una sonrisa que no terminó de dibujarse del todo: "En un capítulo de Dragon Ball , cuando Gokú se convierte en mono".
Su respuesta me hizo pensar en un tema que cada vez me desconcierta más: ¿cuánto podemos conocer a los otros? ¿Cuántos de sus sentimientos más profundos alcanzamos a compartir? ¿Podemos afirmar alguna vez que en realidad conocemos a otra persona o, más bien, todo cuanto podemos hacer es conjeturar, intentar aproximarnos a su esencia? ¿A cuántos nos ha pasado que, después de años de dormir junto a alguien, una mañana nos despertamos con la impresión de que esa persona a nuestro lado es un extraño? ¿Un cuerpo nada más, un cuerpo cuyos pensamientos y afectos nos son desconocidos?
La literatura está llena de personajes que de pronto deben enfrentarse a esa extrañeza. "Gabriel la miró dormida, como si él y ella nunca hubieran vivido juntos como un hombre y una mujer", escribe Joyce en Los muertos . Un instante antes, Gabriel se ha enterado casi por azar del pobre papel que él, su esposo, juega en la vida de ella.
En Pastoral americana , una maravillosa novela de Philip Roth, uno de los personajes se pregunta: "¿Qué hemos de hacer con este asunto tremendamente importante de los otros?". Y sigue: "Te equivocas acerca de ellos antes de conocerlos mientras imaginas que los vas a conocer; te equivocas acerca de ellos mientras estás con ellos; y después vas a tu casa y le cuentas a alguien acerca del encuentro y te equivocas acerca de ellos otra vez".
Quizá no debería asombrarme tanto que esto fuera así. Pienso en mí misma, en el modo en que los demás me ven. Una vez, al poco tiempo de llegar a la Argentina, salí a tomar un café con una periodista a quien acababa de conocer. Ella era la editora de una revista para la que yo quería empezar a escribir. Además de estar nerviosa porque era mi primera incursión en el periodismo local, la chica me cohibía mucho. Era expansiva, movía los brazos demasiado y sus opiniones eran contundentes. Yo hacía lo que suelo hacer en esos casos, no porque me lo proponga, sino porque me intimido: callaba y la dejaba hablar. De pronto, ella me dijo: "Me encantaría tener tu seguridad. Ese aplomo". Por timidez -¿o porque no me convenía?- no me atreví a sacarla de su error.
En Dragon Ball , Gokú es el bueno. Los malos son Freezer, Cell y Majin Boo. Al igual que en la mayoría de los cuentos infantiles, no queda duda acerca de cuál es el lugar que ocupa cada uno, el valor que encarna. Pero la vida, como la buena literatura, no es como Dragon Ball ni como la mayoría de las novelas chatarra. Lo maravilloso de autores de la talla de Philip Roth es que nos entregan personajes contradictorios, llenos de pliegues y circunvoluciones. Personajes que dudan, que se arrepienten, que tienen miedo. Personajes que no siempre reaccionan de la misma manera ante los mismos hechos y cuya maldad o bondad nunca es del todo incuestionable. Personajes, como nosotros, que no siempre dicen todo lo que piensan, o que dicen exactamente lo contrario de lo que están pensando.
Creo que muchos tenemos un anhelo de simplicidad. Un deseo casi infantil de entender y ordenar el mundo que nos rodea. ¡Sería tan cómodo saber que esto está bien y esto otro mal, que éste me quiere y éste no! El problema de esa idea es que peca de ingenua: las personas -como las sociedades- somos tremendamente complejas; rara vez actuamos movidas por una sola razón, rara vez somos unidimensionales, rara vez decimos toda la verdad.
Es probable que mi hijo realmente estuviera pensando en Gokú y su cola de mono mientras comíamos. Pero también es probable que me dijera eso para resguardar su privacidad. O para no preocuparme. O simplemente para hacerme reír. No tengo manera de saberlo. Por más que siempre ando buscando respuestas, creo que los otros nunca dejarán de ser un misterio para mí. Tampoco yo soy transparente ante mi propia mirada, ni estoy muy segura de por qué hago algunas de las cosas que hago. Tal vez aceptar estos misterios, no querer encajonarlos en compartimientos fáciles, sea reconocer la vida en su enorme complejidad y su desconcertante riqueza. Tal vez aceptar que ni nosotros ni los otros somos unívocos y unidireccionales, sino polifacéticos, complicados, contradictorios, de a ratos generosos y de a ratos mezquinos, sea uno de los rasgos de la adultez.

jueves, 30 de abril de 2009

Regalo semanal


Homenaje a Ernesto Sabato en el Círculo de Bellas Artes.
Palabras de Félix Grande.

“... Ustedes saben que uno de los más grandes guionistas europeos se llama Tonino Guerra. Tonino Guerra es el guionista de los Tavianni, de Vittorio de Sica, de la película Amarcord, y además es un excelente poeta, menos conocido desgraciadamente como guionista que como poeta. Un día, a Tonino Guerra, que es norteño, habitante y nacido en la Romaña, en Italia, le llamó su amigo Vittorio de Sica para que le hiciese el servicio de visitar con él Nápoles, porque de Sica tenía la intención de hacer una película con Nápoles como protagonista. Pero no sabía qué quería contar en ella, y por ello requirió la participación de Tonino Guerra. Llegaron a Nápoles, estuvieron un par de días caminando por Nápoles, yendo a unos sitios y a otros, y a Tonino Guerra, hombre muy norteño, no le encantó particularmente el aturdimiento, la voracidad automotriz de esa ciudad. Vittorio de Sica ya estaba un poco desesperado, y finalmente, hacia las dos de la tarde de un día de verano muy caluroso, se llevó a Tonino Guerra a una taberna, a una tabernita que era una habitación pequeña, con una ventana que daba a una plaza porticada, tras de la cual se veía borrosamente alguna figura, porque la resolana del día emborronaba las imágenes. De pronto se abrió la cortina y apareció una pareja, se acercaron los dos al mostrador y dijeron: Tonino Guerra no entendió, no sabía qué pasaba, miró a Vittorio de Sica y le hizo un gesto de interrogación, y Vittorio de Sica le dijo:
La pareja se tomó cada uno su café, pagaron tres cafés, tomaron dos, y se fueron. Luego pasó un grupo de cuatro personas, tomaron cuatro cafés, los pagaron y se fueron; luego pasaron cinco personas, pidieron siete cafés, cinco para tomar y dos en suspenso, se tomaron sus cinco cafés, pagaron siete y se fueron. Tonino Guerra estaba inquieto, como es propio de un hombre perpetuamente asomado a lo maravilloso, y quería saber qué es lo que ocurría. Vittorio de Sica no decía nada, hasta que de pronto, a través de la ventana, se vio una sombra en medio de la resolana, evidentemente era la figura de un ser humano que avanzaba hacia la tabernita, hacia la pequeña cafetería. Y se abrió la cortina y apareció un mendigo. El mendigo se dirigió al camarero con una mezcla de humildad y de cortesía, y preguntó: Y el camarero dijo: Se tomó su café y se marchó.
Bien; todos nosotros estamos, no solamente en algunos momentos de nuestra vida, sino quizás en toda nuestra vida, sedientos de piedad, y sedientos de coraje. La taberna de Nápoles, en donde se regalaba el café a los mendigos, sin humillarlos dándoselo en la mano, esta tarde se ha convertido en un hombre para mi prodigioso, a quien cuantos nos sintamos mendigos, necesitados de piedad y de coraje, podemos acudir seguros de que habrá coraje y piedad para todos.”