lunes, 20 de abril de 2009

Hablemos de piojos...


La pediculosis capitis "piojos de la cabeza", es una ectoparasitosis que usualmente infesta el cuero cabelludo de niños en edad escolar. Es exclusiva del ser humano. La hembra pone de 50 a 150 huevos o "liendres", en su vida, que se fijan en la raíz del cabello mediante una sustancia pegajosa. Los huevos eclosionan en 1 o 2 semanas, dejando en libertad a las larvas que en 1 semana ya son adultos, capaces de reproducirse.
Viven entre 6 y 8 semanas. Pueden sobrevivir hasta 4 días fuera del ser humano (objetos, arena y agua).
Se alimentan de sangre humana, 3 a 4 veces por día, inyectando sus jugos salivares en la piel.
Esto provoca intensa picazón. El parásito suele ubicarse preferentemente detrás de las orejas y en la nuca.

Contagio:

Se transmite de persona a persona, y por elementos personales contaminados.

Síntomas:

  • Picazón en la cabeza.
  • Lesiones en el cuero cabelludo, ocasionadas por el rascado que pueden llegar a infectarse.
  • Aumento del tamaño de ganglios del cuero cabelludo.

Diagnóstico:

Visualización del parásito o liendres.

Tratamiento:

  • Un método eficaz e inocuo es colocar vaselina líquida en el cuero cabelludo, tapar con una gorra de ducha alrededor de 30 - 45 minutos, luego separar el pelo de pequeños mechones, colocar vinagre blanco tibio y pasar el peine fino.


  • Uso de pediculicidas en forma de shampoo o crema de enguaje. Pasar el peine fino para eliminar las liendres. Repetir el tratamiento a los 7 días. Debe utilizarse bajo estricta supervisión médica. Su uso reiterado puede generar resistencia.

Prevención:

  • Control frecuente en busca de parásitos y liendres. Uso de peine fino.
  • No compartir sombreros, peines, cepillos, toallas ni accesorios de cabello.
  • Usar el pelo corto o recogido.
  • Desinfectar objetos perosnales. Lavar con agua caliente o calor seco, ropa de cama y accesorios de ropa y cabello.
  • Proponer un día de semana, para realizar control y tratamiento de los piojos.

No utilizar kerosén, nafta o productos no autorizados para uso humano (Ej. veterinario), ya que pueden ser altamente tóxico.

Información extraída del Sevicio de pediatría del Hospital Universitario Austral.











viernes, 17 de abril de 2009

lunes, 13 de abril de 2009

Regalos

Por Guillermo Jaim Etcheverry

Sin que lo sepamos, desde el momento mismo de nacer a los seres humanos nos esperan innumerables regalos de la más diversa naturaleza. Lo ha expresado muy bellamente J. M. Coetzee, el escritor sudafricano que recibió el Premio Nobel de Literatura en 2003. En un párrafo de su reciente libro Diario de un mal año " dice: "La mejor prueba que tenemos de que la vida es buena y por lo tanto de que tal vez, después de todo, exista un Dios que se preocupa por nuestro bienestar, es que a cada uno de nosotros, el día mismo en que nacemos, le llega la música de Juan Sebastián Bach. Llega como un regalo, no ganado, no merecido, gratis."
El problema reside en el hecho de que no siempre llegamos a saber que hemos recibido regalos como el que describe Coetzee. Depende de las circunstancias que rodean nuestro desarrollo como personas el que alguna vez logremos apropiarnos de esos presentes que están allí, esperándonos.
Es responsabilidad de la sociedad y, en especial, de padres y maestros identificar esos regalos que nos están destinados y, además, valorarlos, es decir, advertir la importancia de que lleguen a nosotros. Si los conocen y los consideran valiosos, supuestos que no siempre se dan, deberán, además, estar interesados en guiarnos y acompañarnos en su búsqueda. No siempre es fácil recorrer el camino que nos conducirá a descubrir los envoltorios que contienen los dones que nos esperan. Es ésta otra manera de definir la educación: la introducción de los recién llegados, los "nuevos" de los griegos, a un mundo ya existente, como sostenía Hannah Arendt.
Si los padres o las instituciones sociales -la escuela- no identifican o no valoran esos regalos que recibimos al nacer, no nos alertarán sobre su existencia, lo que casi seguramente nos condenará a no encontrarlos nunca. Miraremos hacia la dirección equivocada, nos internaremos por senderos erróneos, jamás llegaremos a saber que éramos destinatarios de algo muy valioso que sólo esperaba nuestra llegada.
Se trata de regalos peculiares, porque no se agotan en la posesión, sino que, muy por el contrario, ésta aumenta su posibilidad de ser recibidos por otros. Precisamente ese mecanismo de multiplicación -la necesidad de ser compartidos- hace que el destino de los bienes culturales se vea amenazado cuando no se los descubre, cuando quedan ocultos, cuando no pasan de mano en mano; cuando, en fin, se interrumpe la transmisión de la herencia. Lo ha expresado acertadamente un reconocido experto británico en educación, Chris Woodhead, cuando afirmó: "La civilización está colgada de una generación a otra en el hilo de la memoria".
Volviendo al ejemplo de Coetzee, si nadie escuchara más a Bach -o leyera a Dostoievski, o contemplara la obra de Velázquez o de Rembrandt- se perdería la posibilidad de que los "nuevos" conocieran los regalos de los que muchos ya han logrado disfrutar. Refiriéndose a Bach, el escritor completa su párrafo diciendo: "¡Cómo quisiera hablar aunque más no fuera sólo por una vez con ese hombre muerto hace ya tantos años! Sepa que nosotros en el siglo XXI aún ejecutamos su música, la reverenciamos y la amamos, nos absorbe, nos conmueve, nos fortalece y nos alegra. Le diría: En nombre de toda la humanidad, acepte por favor estas palabras de agradecimiento, inadecuadas como resultan..."
Nuestra responsabilidad como formadores de nuestros hijos y de nuestros alumnos -el otro nombre de los hijos- reside en asumir la responsabilidad por el mundo y ayudarlos a descubrirlo y a apropiarse de él. Que no es otra cosa que identificar, valorar y ayudar a descubrir esos regalos no ganados, no merecidos y gratuitos que, sin embargo, desde el momento de nacer nos pertenecen y, ocultos, nos aguardan.

miércoles, 8 de abril de 2009

Hábitos a la hora de comer.




Hablemos de la comida a partir del primer año, cuando el niño ya come prácticamente lo mismo que el resto de la familia.
Cuando los más chiquitos no comen en la mesa con papá y mamá es importante que uno de ellos se siente y los acompañe iniciando lo que luego será el encuentro familiar. Para los chicos es muy importante que su mamá se siente y converse con él, lo ayude a cortar la carne, le vaya explicando con qué mano se toma el tenedor o el vaso. Para los más chiquitos: traerlos a la mesa, no es un gran programa por lo que necesitan alguien que los ayude para hacerlo.

Comer sin televisión y sin juguetes, ya que la hora de comer tiene que convertirse en un momento especial del día de gran intercambio humano. Es verdad que la tele y el juego son grandes recursos para los inapetentes, pero no se trata de embucharlos sino de acompañarlos hasta que aprendan a disfrutar el momento y la comida...

¿Por qué es tan importante jugar?

Para el bebé y el niño, jugar es la manera de descubrir, explorar y conocer el mundo.Es su actividad principal. Una experiencia creadora constante.Y para poder desarrollarla adecuadamente necesita, desde los inicios de su vida, poder hacerlo en un ámbito confiable que le dé seguridad, donde pueda usar todos sus sentidos, para a partir de allí ir desarrollando funciones más complejas tales como sentir, percibir, intuir, pensar.Jugar es la posibilidad de construir un espacio y un tiempo especial donde todo es posible. Es encontrarse con los propios deseos, intereses, afectos, y con el placer... Jugar es entrar en un mundo de sensaciones y ponerlas en acción, incluso aun cuando no se ha adquirido el lenguaje. Jugar es el factor dominante de la vida infantil. Es su actividad y "trabajo por excelencia". Jugar es crecer.Desde que el bebé nace, ya en sus momentos de alimentación, disfruta del acto de alimentarse mas allá de nutrirse de la leche materna. Este es su primer "jugar", con el pecho, con la mirada, con los gestos, con la mamá. Chupar objetos, manipularlos, golpear, arrojar, buscar, sacar, poner, esconder, etc., serán las maneras que tendrá de desplegar todas sus posibilidades y potencialidades afectivas e intelectuales.
Y también de conocer su cuerpo y de recrear la realidad en la que vive.
Las maneras de jugar van cambiando a medida que los chicos crecen y se desarrollan en lo físico, psíquico y social. Los primeros juegos son los funcionales; estos son aquellos en que el bebé está "jugando" aunque a veces no nos demos cuenta de ello. El bebé tiende a prolongar las sensaciones placenteras repitiendo una y otra vez una actividad o un movimiento, con el fin de mantener ese placer que en un primer momento obtuvo por casualidad. Así logra con el tiempo realizar esto con mayor seguridad, lo que le da mucha alegría y confianza en sí mismo.Con la aparición del lenguaje, esta repetición física se traslada a las palabras. Repite sonidos, ruidos, palabras, como una manera de comenzar a dominar esta nueva posibilidad que se le abre en el mundo: la comunicación verbal. Nuevamente, en un inicio lo hace por el placer mismo de experimentar sensaciones nuevas, y con el tiempo comenzará a desarrollar el juego simbólico que se da durante el segundo año de vida, donde su forma de jugar comenzará a complejizarse y hasta podrá imitar o dramatizar situaciones familiares vividas por él (jugar a la mamá, al doctor, jugar a alimentar o dormir a un muñeco, etc.).